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Nadie envía postales

 

Diana Violeta Solares Pineda

Diana Violeta Solares Pineda ha abordado con acierto las historias de los personajes de barrios y pueblos, así como sus atmósferas melancólicas y crueles. Ahora, con Nadie envía postales, demuestra su madurez estilística con una galería de personajes que entre la soledad y la pérdida se detienen a escuchar la oscura voz de la conciencia, seres que huyen o se evaden de una vida que los asfixia y buscan su destino sin temor a equivocarse. Historias que hablan de la decisión de las mujeres para enfrentar sus conflictos, pero también de la sabia sororidad en que se apoyan, que cuentan los miedos y la vulnerabilidad que los hombres ocultan. Nadie envía postales es una invitación al viaje que significa cada vida, sin escalas y con un destino inesperado.

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Tan Fácil como contar hasta diez

 

Alisma de León de León 

Todos, seamos nobles o no, tenemos nuestras genealogías.

Las genealogías, Margo Glantz

En el poema “Entrevista de prensa”, un periodista (imaginario recordado o profetizado) le pregunta a Rosario Castellanos por qué escribe. La respuesta —amarga y certera— comienza: “Pero, señor, es obvio. Porque alguien /(cuando yo era pequeña) /dijo que la gente como yo, no existe”.

Quien conozca las obsesiones de la escritora, podrá suponer que esa “gente” postergada o ignorada es algún grupo vulnerable. Muy probablemente las mujeres: quizá seamos la mitad de la población mundial, o un poco más, pero eso no quita que, en los tiempos de Castellanos, la voz de las mujeres fuera, en el mejor de los casos, escuchada con condescendencia; en el peor, ahogada y silenciada.

Y tenemos prueba de que eso sigue sucediendo. Grandes escritoras contemporáneas de doña Rosario son mencionadas solo cuando se habla de mujeres-que-escriben, ausentes de las listas de literatura-en-general: lo mismo Elena Garro (hace muy poco reducida a “pareja de Octavio Paz” en el cintillo de una reunión de su obra completa) que Pita Amor (durante mucho tiempo recordada más por sus desplantes melodramáticos que por la calidad incuestionable de su poesía); y parecería que el nuevo reconocimiento a la cuentista Amparo Dávila o a la poeta Dolores Castro se debe más a la perseverancia y longevidad de ambas que al talento o al oficio literario. Y es que muchos críticos no saben qué hacer con esa literatura que, torpemente, engloban como “literatura femenina” a pesar de que se trata de géneros, estilos e inquietudes tan distintos, cuyo único punto de encuentro es, quizá, ese interés en retratar a quienes, en palabras de Rosario Castellanos, no existen, “porque su cuerpo no proyecta sombra, /porque no arroja peso en la balanza, /porque su nombre es de los que se olvidan”. No saben qué decir de obras sobre lo íntimo, acerca de conflictos que son pequeños para el devenir de una nación, pero profundos para sus protagonistas, a menudo mujeres.

Precisamente eso ocurre en Tan fácil como contar hasta diez, primera novela de la escritora tamaulipeca Alisma de León. En ella vemos el mundo desde los ojos de Regina, una joven que apenas está dejando atrás la adolescencia y que reconstruye en su memoria la vida que le ha tocado vivir, no solo desde su infancia, sino desde la difícil relación entre su madre, Aurora (que a ratos asume su papel de adulta protectora, pero en ocasiones es una niña asustada a quien Regina tiene que cuidar) y su abuela, Eloísa (una anciana que, a fuerza de resistir los embates de la vida, ya no sabe distinguir entre entereza y amargura). Saltando hacia delante y hacia atrás en el tiempo, la novela nos muestra varias etapas de la vida de Regina y nos vuelve partícipes de los descubrimientos que hace sobre Aurora y sobre Eloísa. Todo esto es muy despacioso, muy sutil: ni siquiera nos damos cuenta de que hay misterios en esa vida familiar hasta que la novela nos va revelando que lo que ya sabíamos ocultaba secretos. Y en ese proceso, las tres generaciones de mujeres —no sólo la protagonista— se vuelven entrañables, de carne y hueso.

Vean (o lean) a continuación cómo sucede este proce-so de desvelamiento, y recuerden la frase de Margo Glantz con la que comienza este prólogo: todos, y todas, tenemos derecho a que nuestra historia se cuente con la fuerza y la sutileza de una novela como esta.

Raquel Castro

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Manifiestos

 

Vicente Huidobro

En 1925 se lanzó en París el libro Manifestes, de Vicente Huidobro, el primer poeta hispanoamericano vanguardista. El libro contenía las distintas posiciones que tenía el poeta chileno frente a las vanguardias que estaban explotando en Europa y también hacían referencia a la propia posición que él adquiría en el universo artístico, sobre todo con el llamado Creacionismo. De eso han pasado más de ochenta años. Por esto es que MAGO Editores reúne en una nueva publicación todos estos textos, más algunos que no fueron publicados en la edición parisina, entre ellos los recordados «Non serviam» y «Total». Texto fundamental para la estética de la poesía de Huidobro y, por consiguiente, para entender la tradición poética latinoamericana.

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